Nos cansan las deslealtades, porque una cosa es competir (electoral, sindical, política o comercialmente) y otra malmeter. Por ejemplo: “La Junta lamenta la deslealtad del ministro Planas en la organización unilateral del acto de firma de un convenio con regantes”. Una nota de la Junta de Andalucía de la semana pasada. No sabemos si tiene razón o no, pero que hay deslealtad, seguro. Del ministro, si es verdad lo que dicen en Andalucía, o de la Junta, si no lo es.
El campo da muchas oportunidades para ser leal y también para no serlo. La selección (que no elección) de las organizaciones profesionales más representativas del sector es una de ellas.
Se aprobó, como vimos, la ley del desperdicio. Y en su regazo una enmienda para que el Gobierno mida de una vez esta representatividad, pues desde las elecciones de 1978 no se ha hecho. Si la democracia ha de ser fuerte debido a su capilaridad social, la agricultura ha contribuido poco (si exceptuamos los años predemocráticos) a afianzar el régimen que nos sustenta políticamente.
¡Albricias!, debería haber proclamado el sector al unísono. Pero la enmienda, escondida en una ley que ni le va ni le viene, no invitaba a alharacas, más bien parecía un trámite a ejecutar con desgana. Y así ocurrió unos días después, cuando el MAPA realizó la convocatoria (no electoral) correspondiente. Ahora los sindicatos agrarios tienen un plazo para rellenar el pertinente formulario, lo que también harán con desgana, y en mayo sabremos a quiénes corresponde esta legitimación de cabildeo.
Así se toman esto de la participación y la representatividad aquellos que dicen ser responsables de darnos de comer, los que quieren que la agricultura sea una asignatura en los colegios, que las políticas estratégicas les sean consultadas, que la alimentación se siente a la derecha del Padre.
Y no es que los comensales queramos votar a los representantes de la agricultura y la ganadería, pero, hombre, un poco más de transparencia, de esfuerzo, de entusiasmo, de lealtad con los representados y con la ciudadanía, de prurito democrático, en suma, nos dejaría más tranquilos. Al fin y al cabo, nos vamos a alimentar (en parte) como ellos digan. Y no dejan de tener razón: la alimentación debería ser sagrada y los productores de alimentos tratados como capellanes, pero, a cambio, nobleza obliga. En el número de Agronegocios de inminente publicación tratamos la cuestión con más profundidad.

No han sido malos días para los ganaderos, sobre todo de ovino. Se han autorizado exportaciones de animales vivos a Argelia, con lo que la demanda aumenta y el precio sube. Mala noticia para la industria cárnica, que era la que mejor parada salía del negocio argelino, pues ella vendía canales que ahora, supuestamente, venderá en menor cuantía. Además, si sube el cordero, tendrá que pagar más por los bichos. Dinámicas mercantiles que no tienen por qué albergar deslealtades.
Contentos también los ganaderos con su ministerio, que ha dicho que el Gobierno dice que el veterinario de explotación ya no será obligatorio y ha metido en un cajón eso del plan sanitario integral. Derrotado el cuaderno de campo digital, les tocaba el turno a los ganaderos y San Jorge les ha echado una mano humillando al dragón de la burocracia y los gastos y metiéndole un rejonazo al ojo que todo lo quiere ver. Los agricultores y ganaderos que salieron a las carreteras en 2024 hartos de controles administrativos válgame dios que están recogiendo sus frutos y el MAPA parece que respondiendo con lealtad a aquel acuerdo de 43 medidas.
La ciudadanía no se entera de estas cosas ni falta que le hace, pero, por eso, elegir a las personas que han de ejercer notable influencia sobre la implementación o no de un plan sanitario o de cualquier otro menester relacionado con lo que da de comer a sus hijos ha de ser labor de muy alta, noble, transparente y leal responsabilidad.
Sí, somos pertinaces cual sequía con algunos asuntos. Y no nos vamos a cansar de pedir lealtad, nobleza, altitud de miras, transparencia, democracia, desinterés y verdades como puños. Hubo un tiempo en que se pensaba que la agricultura era crisol de todo esto.



