Poli bueno, poli malo

Luis Cortés es el coordinador estatal de Unión de Uniones (UdU), la organización agraria que acaba de incorporarse al Consejo Agrario del ministro Planas. Se estrena tras un proceso de medición de la representatividad en el campo que el ministro confiaba en que terminara con el largo conflicto que los de UdU mantenían con el MAPA, con las comunidades autónomas, con el Congreso, con los otros sindicatos y con quien hiciera falta.

Pero nada más lejos de la realidad. En la entrevista que le hacemos en Agronegocios Cortés no tiene empacho en afirmar que el proceso ha sido una chapuza y que lo aceptan como mal menor. Con una trayectoria profesional muy controvertida, este sindicalista recuerda a los viejos líderes agrarios, esos a los que los despachos les gustaban poco y las asambleas de agricultores y ganaderos eran su mejor oficina. No va a tener fácil el encaje en el consejo de marras, pero no parece que le asuste. Es más, puede que le guste. Si cumple lo que dice, el ministro no tendrá asegurada la paz, ni mucho menos.

La deriva de la PAC va a encender muchas mechas y el que ya tiene las cerillas en la mano es Cortés, que se considera autor intelectual de las movilizaciones de 2024 y no quiere perder los derechos consecuentes. Hace unas horas ha enviado un artículo a las redacciones denunciando, con acierto, ese juego de poli bueno y poli malo que se llevan el Parlamento Europeo y la Comisión Europea. El campo está hasta el campanario de teatralizaciones y en Bruselas hay demasiados amigos de la escena.

Como aquí, donde, por el momento, todos son polis buenos. Pero llegará un momento en que alguno tendrá que hacer de poli malo. No solo el titular de la cartera ministerial, que lo lleva de serie; en Europa están decididos a echar fuera todos los balones que puedan y pinta que también llegarán chutes sin barrera a las consejerías que ahora se fotografían tan contentas con agricultores y ganaderos. A ver cuánto dura ese frente común del que se habla estos días.

Son malos tiempos para darse la mano, incluso se llega a morder la que te da de comer. Si fueran buenos, a lo mejor la lengua azul del corderamen no camparía a sus anchas, pero las Españas decidieron que la vacuna fuera voluntaria y por barrios ha ido la cosa. Ahora las autoridades piden que se vacune, pero solo lo piden. Es verdad que se trata de otro de esos asuntos complejos: varios serotipos distintos, cambio climático, subvenciones que van y vienen, efectos secundarios sobre los animales y no pocas implicaciones económicas. Pero también es cierto que sin vacuna no habrá forma de controlar la enfermedad. El invierno dará una tregua, pero, si algo es seguro, es que más allá de los fríos esperan los mosquitos con su proboscídica intención.

Y, en sentido contrario, el otoño empieza a dejar serios avisos con respecto a la gripe aviar. En nuestro espacio aéreo ya se detectan ‘vuelos anómalos’, como los de Rusia en las repúblicas bálticas, y en tierra han empezado las mortandades. Avisos que hay que tomar muy en serio, pues, aunque la transmisión a personas no es fácil y está circunscrita a quienes trabajan con aves o mantienen algún tipo de contacto con estas, ya sabemos que, a los virus, que a veces hacen de poli bueno, les gusta mutar y jugar el papel de poli malo malísimo (aquí una guia útil).

Feliz peagrosemana.

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