Haberlo, lo hubo (tomate)

Hubo tomate, vaya que sí. Pero lo primero es lo primero: debo disculparme con todos aquellos asistentes a Fruit Attraction a los que envié al metro a buscar una agilidad de movimiento que no existía. Me cuentan que hubieron de perder buenos ratos en los andenes viendo pasar vagones repletos de carne prensada, como los lingotes de ternasco que hacen los chefs modernos.

Les servirá de consuelo, quizá, saber que a los que fuimos en coche (consejos traigo, que para mí no tengo), después de varias horas de aproximación y circunvalación del recinto ferial en busca de un arrimo para el utilitario, nos tocó darnos la vuelta con el tomate sin vender… o sin comprar.

Y es que en Madrid DF la tomatina es habitual, pero cuando juntas un sistema de transporte en franco deterioro, según dicen los naturales y expatriados del lugar, una feria que va como un cohete y el egocentrismo de una capital que ahora también quiere un circuito de Fórmula 1, la trombosis está servida.

Si pensábamos que el Estado de las autonomías iba a servir para acabar con las ansias centrípetas de los mesetarios y repartir el tomate por las periferias, ya va siendo hora de caerse del guindo. Habrá que hacer una huelga de pleitesía con el reino que hoy domina la dinastía Ayusí y mañana Dios dirá. Hay que dejar de ir a los madriles a hincar la rodilla para que te dejen seguir viviendo con menester en las extremaduras.

Pero claro, si la mismísima Comisión Europea la hinca ante la satrapía (en el buen sentido de la palabra, que este plumilla no puede permitirse ciertos lujos) del otro lado del estrecho, qué no tendremos que hacer los demás.

Los que estuvieron en Fruit Attraction elevando un pedestal para el tomate español, muy español y mucho español, nominado este año como producto estrella, símbolo de excelencia agrícola, relevante aliado de la gastronomía, insigne nutriente de células vivas, piedra fundacional de nuestra cultura y célebre aliado de los atardeceres estivales, ya saben de qué hablo.

Los demás, queden avisados de que seguirán comiendo tomate del Sahara Occidental, pero servido por manos marroquíes, a pesar de la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que conminaba a las autoridades comunes a sacar este producto (con fecha de ayer mismo) del acuerdo de asociación con el reino alauita.

¿Por qué? Por no respetar los derechos del pueblo saharaui, que es el que debería autorizar o no los acuerdos que afectan a su territorio, que no es marroquí; y por no etiquetar correctamente el tomate, que es saharaui y no marroquí, hecho que supone un fraude, perjudica negocios patrios y engaña a los consumidores.

A última hora y por lo bajini, la CE y Marruecos se han sacado una modificación del acuerdo que, por un lado, compromete inversiones y movimientos económicos que beneficien a los hijos del desierto (de nuevo, sin contar con ellos, ¿qué dirá el tribunal?). Por otro, crea un código nuevo para los hijos de la tomatera que lleguen al mercado europeo con acento sahariano; un código que va a gestionar… ¡Marruecos! Claro que sí.

Por las Españas los sindicatos agrarios y los productores y exportadores de tomate agrupados en Fepex han entrado en ignición, que se parece a indignación y se lleva muy bien con esta, pero sin parentesco etimológico. Eso sí, ambas comparten el rojo tomate, más intenso cuanto mayor es la magnitud emocional, que amenaza con seguir creciendo.

¿Qué hay por Madrid?, pregunta mi vecina cuando regreso vencido y cabizbajo por no haber podido asistir a la entrega de los premios APAE y compartir cariños con los colegas de Eucagro en la acogedora, original y premiada caja de frutas de Cajamar. Mucho tomate, respondo. Y su despedida me devuelve a la realidad en la que malvive el pueblo llano: si por lo menos supieran como antes…

¡Qué fácil sería hacer dichosa a la gente!

Feliz peagrosemana.

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