Bruselas o el puturrú de fuá

No he pasado ningún invierno en Bruselas, pero sí algunos días y en diciembre la capital de Carlomagnia es lo más parecido que hay a un pueblo de Teruel. Diría, incluso, que si en este pueblo hay bar y una estufa de leña, un coto de guiñote y unas castañas asadas dan más sensación de vida que todas las luces de la Grand Place.

Por eso me parece muy acertada la idea de los padres de la Unión: Situando la capitalidad en tan inhóspito lugar para noctámbulos y demás amigos de la vida disoluta, los barandas de turno podrían trabajar en largas jornadas de negociación, que es lo que la ciudadanía necesita.

Y la jugada salió bien, pues casi todas las decisiones de relevancia se toman al amanecer, como la isla de Perejil, después de una noche de empalmada que sería el sueño emancipador de los adolescentes de aquel mismo pueblo de Teruel. En Bruselas, las reuniones de ministros y primeros ministros son como las cenas en las que se festeja al patrón: se cierra la puerta de la peña con llave y se tira por la ventana. Si eso, ya abrirá alguien por la mañana.

Lo hemos visto en las dos últimas semanas. Primero, con los ministros de Pesca. Luego, con los primeros espadas de cada trono, que tenían cosas serias que decirse sobre Putin y Mercosur, entre otros asuntos. Y si algo tienen en común estas interminables albadas, además de los canapés de mejillón y las patatas fritas con sabor a pollo socarrado, son la satisfacción que producen en los protagonistas, pues todos aparecen al cabo triunfantes ante sus mesnadas (léase pescadores y agricultores, por ejemplo), que esperan al otro lado de los medios de comunicación para ver si pueden seguir con su vida como si tal.

Las agencias oficiales se encargan de mandar heraldos a todos los rincones de Invernalia o del Marenostrum para anunciar el éxito nacional, que siempre se produce porque el bussines inicial que prepara la Comisión Europea es tan ralo y paupérrimo y tiene tanta mala baba que solo cabe ir a Bruselas a vencer. Sirvan de ejemplo los 9,7 días de pesca al año que proponía para los buques de arrastre del Mediterráneo. ¡A ver quién repinta el nombre de la novia en la amura de babor para 10 días mal contados!

Así que cuando llegan los ministros a Santa Gúdula del Bivalvo y sacan hasta 143 días según y cómo, no seré yo el que niegue las merecidas albricias. Solo me preguntaré en qué lugar quedan los comisarios, cuál es su papel y hasta qué punto es útil para el bien común de los carlomagnios su inmolación en cada una de las hogueras nacionales o ultranacionales una vez tras otra.

Alegrémonos, no obstante, mientras dure la fiesta. Incluso cuando los premieres, cancilleres o primeros ministros deciden endeudarse en 90 000 millones para no tocarle los yates a Putin y que este se conforme con seguir mandando drones cojoneros a mirar por nuestras ventanas. Y es que son unos flojos, solo aguantaron hasta las tres de la mañana. Un par de horas más y el rutilante cazador de osos entrega su dacha de Crimea.

Claro, luego va Donald, ve los paripés y dice que Europa es un puturrú de fuá en el que va a tener que poner orden. Y como nadie le tose en el flequillo para quitarle ese proceder de alcohólico que dice su jefa de gabinete (no este plumilla), hasta en el bar de aquel pueblo de Teruel van a pensar que tiene razón, y eso que allí jipan a los fanfarrones en cuanto llegan al peirón de las afueras.

Feliz peagrosemana y buen peagroaño.

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