Andaba el ministro de Agricultura, Luis Planas, cantando alegre en la popa de su viaje a Turquía mientras entre unos matorrales de Barcelona agonizaban un par de jabalíes por una enfermedad que llevaba más de 30 años desaparecida de las Españas. Allá en su frente Estambul, con su promesa monetarizadora del memorándum de entendimiento firmado con el turco en 2013, y justo a su espalda, como una crisálida amenazante, uno de los monstruos del sector porcino: la peste porcina africana (PPA).
Así es el comercio internacional, una odisea interminable en la que los ministros avanzan y retroceden como marionetas al albur de lo que los antiguos griegos llamaban dioses y nosotros podríamos considerar, de forma general, fenómenos. Fenómenos que te enriquecen, como cuando la PPA maniató a China, o que arrojan sobre ti la sombra del empobrecimiento, como les ha ocurrido a las 39 granjas que se encuentran en un radio de 20 kilómetros en torno a los jabalines abatidos por el virus.
El asunto es serio, porque los bichos contaminados no están en cualquier sitio, están en lo que un titular al uso definiría con esa sobada metáfora de epicentro de la producción porcina de España, es decir, en Cataluña y muy cerca de Aragón.
La PPA ha puesto firme al ministro, que sin tiempo para deshacer la maleta ya ha dado un par de ruedas de prensa, y a los consejeros de las ganaderías autonómicas, que no ganan para sustos (lengua azul, gripe aviar, dermatosis nodular…). Y nos ha enseñado una nueva dimensión de la UME, que ya nos podemos imaginar lo que estará haciendo bajo ese eufemismo de control cinegético; malos tiempos para ser cochino en los bosques de Collserola, que van a quedar como a todos los agricultores les gustaría que estuvieran sus andurriales locales: listos para la prueba del algodón.
Eso que algunos llaman convivencia, pero que es más bien coexistencia entre la fauna salvaje y la ganadería doméstica e industrial es uno de los grandes problemas del sector. Y no nos referimos al lobo, asunto que está sobredimensionado y que, aunque genera un gran disgusto allá donde pega un bocado, no tiene nada que ver con los estragos que los porcos, ciervos y otras especies pueden provocar transmitiendo sus enfermedades a los debiluchos parientes que tienen en las granjas. Sin contar lo que se comen en los sembrados y plantaciones donde pastan a placer.

Pero la PPA es la madre de las virulencias. No porque nos vaya a afectar a los bípedos, que algún bocadillo marcado nos habremos comido con tanto placer como inocuidad en nuestros viajes por esos mundos de Dios, sino porque el sector porcino, que sufrió lo indecible hasta que se la quitó de encima a finales del siglo pasado, ha montado sobre sus éxitos un entramado económico de mil pares. Y eso puede venirse abajo como un castillo de naipes que no arruinará a la nobleza del lugar, pero sí a cientos o miles de pequeños emprendedores que han hecho inversiones millonarias para subirse a la ola ganadera del momento con las modernas instalaciones que la UE exige. Aquí tienes información muy completa sobre el asunto.
También lo notaría el PIB, al que incluso la casquería porcina hace una loable contribución. Por fortuna, y de momento, de los casi 9000 millones que valen las exportaciones, más de 5000 van a territorio amigo (la UE), donde muchos también tienen lo suyo; y otros más de mil a China, donde los reyes de estos predios nuestros dejaron bien atado, justico antes del disgusto, un acuerdo que regionaliza los males. Es decir, si se detecta una enfermedad, no se cierra todo el país, sino solo la provincia donde está identificada, en este caso, Barcelona.
Ya tardan los porcicultores en hacerse acérrimos monárquicos, incluso sanchistas, diríamos, si no fuera porque muchos se lo tomarían como una provocación, cosa que no queremos en absoluto. Pero esos viajes de Estado al otro lado de la Gran Muralla han sido proverbiales. Por cierto, que ni el presidente ni el jefe del Estado hacen mucho más que agasajar y firmar, pues el trabajo duro recae en ministros y, más allá de estos, equipos ministeriales (con el apoyo diplomático consecuente); pero esta es otra característica del comercio internacional.
Mientras unos acuñan con su real sello los acuerdos, para los ministros y sus huestes lo que queda es seguir arribando, en su odisea, a islotes ignotos donde a veces se come bien y a veces se te comen. Estambul debió de estar de PM, que por allí sí que saben montar lifaras, pero ahora toca defender unos cuantos cientos de millones que ni vienen de la UE ni de China, sino de decenas de países que nos van a apretar las tuercas.
Cantaba alegre en la popa… y cayó en el corral de Polifemo. Es el comercio, amigos.
Feliz Peagrosemana



