Premios Filfa (¿o era FIFA?)

Podría pensarse que en esta realidad distópica que nos circunda científicos y pensadores estarían echando humo en sus laboratorios y bibliotecas para sacarnos cuanto antes del marasmo ciudadano con inteligencia y esperanza. Pero, una vez más, fallamos los “biempensantes” al no percatarnos de que es el fútbol, alabado sea el Cielo, el que nos marca el camino a seguir. La FIFA, con sus premios Filfa nos ilumina. Tonto el que no lo vea.

Ciertamente, si bulos y patrañas son los reyes de la información en nuestros días, de la política y de tantas cosas, ¿cómo no se nos había ocurrido crear el premio a las mejores de estas mentiras y engañifas y a sus doctos padres?

Menos mal que ahí está la FIFA con sus inspiradoras iniciativas, siempre con la democracia y la justicia social como motor. Su premio Filfa de la Paz no solo la consolida como organización internacional de relieve, sino como unos de los principales actores geopolíticos del momento. Menos mal.

Lo que no se entiende es que existiendo seis premios Nobel, solo haya un premio Filfa. Ahí ha faltado ambición, sobre todo cuando existen tantas disciplinas en las que tantos grandes hombres (las mujeres siguen subrepresentadas) están haciendo tanto por la humanidad.

A Trump le gustó su merecido galardón, recibido con mutuo arrobo de manos del presidente del geofútbol, y lo agradeció de corazón, pero con una disimulada pizca de desengaño, pues también le hubiera gustado, porque lo merece, el Filfa de Economía, por ese nuevo orden comercial mundial que salió de su tabernaria pizarra hace unos meses y que tanto gusta, sin ir más lejos, a los vinateros del Viejo Continente, entre otros.

Merecería todavía más, pero en el ámbito agroalimentario, que es el que aquí más nos importa, no se ha esforzado demasiado. Y candidaturas hay que le hubieran hecho sombra si, como cabría, hubiera un Filfa, por ejemplo, al Cumplimiento de Sentencias. La Comisión Europea, en este caso, lo ha bordado ejecutando la del Tribunal Superior de Justicia de la UE que ponía coto a la venta de tomate del Sáhara Occidental como si fuera marroquí. Pura marroquinería artesanal la que ha salido del magín de la Grand-Place para engañar a todo el mundo.

Los productores de frutas y hortalizas de España y las organizaciones agrarias del país están que trinan con la artimaña euro-alauí para seguir haciendo lo que el eurotribunal prohíbe, pero poco se acuerdan del fondo de la cuestión: no son ellos los que ganaron el pleito, sino el propio pueblo saharaui defendiendo sus derechos sobre la riqueza que sale de su territorio, que no es marroquí.

Poco se lee en las abundantes notas de prensa sobre estos derechos, más allá del uso retórico de estos, y nada que comprometa a nuestros horticultores con esa demanda internacional de justicia que indirectamente les beneficia (o pensaban que les beneficiaba). Un Filfa a la Cooperación para el Desarrollo quizá merezcan.

No tanto, en todo caso, como el presidente de las Españas, que obtendría el Filfa al Derecho de Autodeterminación, ex aequo con el titular de la monarquía que siempre ha querido sorber donde los tercios hispanos dejaron de hacerlo hace 50 años. Ingenuamente, pero aquella desbandada generó unas esperanzas en los saharauis que ahora ambos estadistas decapitan de tapadillo (cada vez menos tapadillo) en encuentros bilaterales de alto nivel que no merecen ni una rueda de prensa. ¿Será por vergüenza?

Podría haber un Filfa a la Concordia y también se lo repartirían ecologistas y productores de porcino, pues al minuto siguiente de iniciarse la crisis de la famosa peste ya se estaban tirando los trastos a la cabeza con los argumentos de siempre: que si la culpa es de la insostenible ganadería industrial, que si es de la insostenible ortodoxia naturalista. Lo cierto es que cada día hay más bichos dentro y fuera las granjas y puede que ambos tengan razón, pero mientras no dejen de blandir su dedo acusador y enarbolen la bandera de la conciliación no habrá escapatoria. Suponiendo que la haya, porque también es cierto que ya somos muchos por muchas partes, y creciendo.

Llegados a este punto, un regusto malicioso acaricia vuestro paladar, amables lectores, se intuye desde aquí. ¿Qué premio Filfa correspondería a la clase política? Pero esta vez hay un Filfa desierto, porque, hablando de peste porcina, ha sido la política la que se ha encaramado al púlpito de la ejemplaridad, con el Estado y las autonomías remando en la misma dirección. ¿Será solo por el respeto que impone el empresariado porcino? Apostaremos, por ahora, al no, para evitarnos el Filfa al Sentido de Estado, que oportunidades no faltarán para entregarlo.

Y ahora, en serio. La semana pasada ocurrió algo que sí está llamado a marcar profundamente el futuro de la agroalimentación (y más) europea, aunque con tanta filfa como nos ocupa ha pasado bastante inadvertido: un acuerdo, aunque provisional, para que las nuevas técnicas genómicas (NTG) atraviesen el muro de Carlomagnia.

Feliz Peagrosemana.

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