Gastronomía, pura economía

Puede que el sector agroalimentario tenga problemas más acuciantes y cuitas que reclaman su atención inmediata por encima de cualquier plan que presente un gobierno, que siempre tendrá, especialmente entre los productores primarios, la difícilmente franqueable barrera del escepticismo.

Puede que, por su parte, la gastronomía se vea desde el campo y, algo menos, desde la industria alimentaria como un elemento más o menos extraño a sus intereses, con la salvedad de algunas marcas y entidades (los consejos reguladores o las interprofesionales, por ejemplo) muy volcadas en la promoción de sus producciones.

Pero el Plan Internacional de la Gastronomía Española que acaba de presentar el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación ha marcado un hito “histórico” como “no habrá otro”. Lo dijo Ferrán Adriá el día que el ministro Luis Planas presentó su estrategia gastronómica a bombo y platillo.

Quizá el más célebre de los cocineros españoles, que también afirmó solemnemente eso de “hoy es el día más importante de la gastronomía de este país”, puso más bombo y platillo de la cuenta. Mas, en todo caso, el mundo de la gastronomía sí que ha recibido con alborozo el plan, ampliamente difundido en los medios del bien comer.

“Por primera vez hay un ministro que me escucha”, dijo el chef, al tiempo que en su impulsiva y atropellada intervención no dejaba que el público escuchara lo que otros invitados se supone que hubieran querido decir.

Le faltó un poco de respeto a los compañeros de escena, a la moderadora y al programa establecido, pero no por ello erró en muchas de sus apreciaciones, pues es verdad que la gastronomía “no es cosa de cuatro pijos” y es verdad que sí es “pura economía”. Y no solo para los chefs y los restaurantes, sino también para la agricultura, la ganadería y para todos los que elaboran alimentos de calidad con los productos agrarios y ganaderos, que en este país son muchos.

Pura economía, sí, porque la gastronomía también tira del carro agrario y, además, lo hace por la vía del valor añadido, del prestigio y de la creación de marca; de lo que, en definitiva, facilita la obtención de precios justos para una actividad que en buena medida sigue creyendo que estos dependen de la intervención administrativa, pura quimera.

Activo estratégico

Y entre pura economía y pura quimera no hace falta decir cuál es la apuesta inteligente. Sobre todo, en un país que lidera la gastronomía internacional desde hace mucho tiempo.

Si se desbroza la retórica política habitual, en las palabras del ministro Planas también se puede encontrar una gran verdad: que la gastronomía es un activo estratégico de España. Lo es, en primer lugar, porque el territorio y la actividad agraria y alimentaria tradicional son la gran base sobre la que se asienta; y porque, como dice Adriá, la cocina de siempre y una elaboración técnica innovadora son los otros dos pilares fundamentales.

Por tanto, la retroalimentación económica entre el buen campo y la buena mesa, con todos los buenos actores intermedios que sean necesarios, es un hecho cuando la visión es estratégica y la acción se coordina e impulsa por parte de todos los concernidos. Habrá otras maneras de obtener buen rédito, pero esta es una de las mejores en un país que pronto recibirá 100 millones de turistas y cuya cocina (y, en consecuencia, alimentos) excita los jugos gástricos de muchos millones más que por lo que sea no pueden visitarlo.

Que se venda más vino, aceite o jamón, por citar solo algunos productos emblemáticos, también depende de lo que se hace en los fogones y de la capacidad que tengamos para seguir creando referencias culinarias, sean tapas, platos o esos profesionales que los reproducen unas veces con fidelidad al origen, los reinterpretan, otras, o los inventan de principio a fin. En sus cimientos siempre habrá un producto agrario y, por tanto, una escapatoria frente a los aranceles, los recortes de la PAC o la competencia internacional.

Solo el despiste de no apreciar la importancia de la gastronomía puede estropearlo. También un mal plan, pero este parece que cuenta con la bendición del gran chef y de la profesión sobre la que reina. ¿Será porque al frente de la dirección general correspondiente hay un comidista?

Por cierto, comidista no es una palabra que esté en el diccionario, pero debería ir extendiéndose su uso, porque lo de foodie sí que hace que la gastronomía parezca cosa de cuatro pijos.

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