Una historia del periodismo agroalimentario documentada y amena

Varias organizaciones de ingenieros agrónomos y aledañas organizaron la semana pasada, con la colaboración de los periodistas agroalimentarios, una mesa redonda en torno a los programas electorales de los partidos políticos en su vertiente agroalimentaria. Con esto, los ingenieros, entre otras cosas, consiguieron poner de nuevo la cuestión agraria en la agenda informativa.

No era la primera vez. De hecho, tampoco es muy exagerado afirmar que los ingenieros agrónomos fueron los primeros periodistas agrarios, puesto que los profesionales de la información no empezaron a ocuparse de los asuntos del campo hasta bien entrado el siglo XX, cuando la información agraria ya llevaba mucho tiempo funcionando.

Conclusiones tan interesantes como esta se pueden obtener del libro Historia de la información agraria. Desde el siglo XVIII hasta la Agenda 2000, de la periodista Yanet Acosta. Aunque también es cierto, según afirma la autora, que fue el periodista fundador del primer diario que se publicó en España, Mariano Nipho, el primero o uno de los primeros en mostrar interés por la información agrícola.

También los curas tuvieron mucho que ver en los inicios de la prensa agraria. No en vano la primera publicación especializada fue El Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos, con el que un grupo de ilustrados apoyados por Godoy se embarcó en la tarea de instruir a las gentes del campo a través de los párrocos locales, a los que se convertía en algo así como lo que luego fueron los agentes de extensión agraria. Cuenta Yanet Acosta que “este periódico ejerció una gran influencia en las publicaciones agrarias posteriores, que imitaron, durante todo el siglo XIX y principios del XX, su estilo didáctico y sus actividades de difusión de nuevos cultivos y variedades de semillas (…)”.

La obra, publicada por el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino en su colección de Estudios, rastrea  la evolución de la prensa agraria a través de revoluciones, desamortizaciones, explosiones  y crisis económicas y hambrunas varias, una contextualización que facilita enormemente la interpretación de la propia historia del periodismo agrario. Por otro lado, Acosta se ocupa también de retratar medios especializados y generalistas, grupos editoriales, agencias de noticias y algunos de los modernos portales agrarios. La publicación termina, como no puede ser de otra manera en una tesis doctoral, con una amplia nota bibliográfica.

Un libro, en definitiva, muy interesante para periodistas, pero también para todos aquellos interesados en la información agraria y la historia de la agricultura. Se lee con interés y facilidad a pesar de su sesgo erudito y ayuda a comprender el porqué de muchos aspectos del periodismo agroalimentario de hoy.

Hay que advertir que a pesar del título y de la profusión de la información que la obra facilita sobre diferentes medios y épocas, el texto se circunscribe, como señala la autora en la introducción, “a aquellas noticias y secciones de información agraria y a aquellas publicaciones de difusión nacional con sede en Madrid”.  Quizá por ello el lector pueda echar en falta determinados contenidos que, ciertamente, no aparecen, pero que no por ello hacen la lectura menos atractiva.

Por cierto, que las crisis, al parecer, siempre han sido un revulsivo para la información agraria, así que no nos extrañemos si estos tiempos convulsos que vivimos acaban dando lugar a nuevas iniciativas en el mundo del periodismo agroalimentario.

Comparte esta entrada

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.