‘Stranger Pigs’, el hambre y las ganas de comer (I)

 

Algunos todavía no hemos acabado de comprender la intención de Stranger Pigs, el último programa de Jordi Évole en La Sexta. No lo acabamos de comprender porque presuponemos la buena intención y la profesionalidad del periodista y su equipo. Quienes creen, sin embargo, que el objetivo era atacar gratuitamente al sector porcino tienen más fácil llegar a una conclusión. Y ciertamente Salvados se lo ha puesto fácil.

“Un Salvados inquietante”. Así lo presentaba la compañera de Évole, Ana Pastor, para ir abriendo boca y posicionando al público. Algunas horas antes habían empezado las previas, como en el fútbol, calentando el ambiente y amasando audiencia bajo la llamada del escándalo. Previas, por cierto, a las que el propio sector porcino se sumó en un toque a rebato que quizá sirvió para montar una cierta defensa, pero que sin duda mandó cientos de televidentes a La Sexta en esa noche en la que el hambre y las ganas de comer hicieron buen equipo.

El hambre representado por un programa deslavazado en buena medida, con pretensiones de Salvados de alta calidad, pero lamentablemente escorado, errático y sensacionalista. Las ganas de comer, por otro lado, encarnadas por un sector agroalimentario puntero que en materia de comunicación habita en la caverna. Da igual lo que pensemos y digamos los que sabemos un poco de cerdos; los que los crían, sacrifican y venden entregaron a Stranger Pigs, con su falta de transparencia, una baza que pagarán cara.

Las sombras del sector porcino

El porcino tiene sombras, como las tiene la industria automovilística, los gobiernos, las organizaciones sociales, las ONG y el periodismo (unos más que otros, eso sí). La prensa, como contrapoder, hace bien, porque es una de sus obligaciones, al intentar arrojar luz sobre esas sombras, y ahí es donde ubica habitualmente Jordi Évole su Salvados. Normalmente con buena mano, aunque es cierto que ante patinazos como el del pasado domingo nos podemos hacer la legítima pregunta de si también es así cuando el programa toca temas que no conocemos con el nivel de detalle del caso que nos ocupa.

Stranger Pigs puso sobre la mesa algunas cuestiones sobre las que el sector y la sociedad han de reflexionar: la ganadería intensiva, el uso de antibióticos y medicamentos, los efectos del precio de los alimentos sobre los medios de producción (mano de obra, por ejemplo) y la sanidad y la seguridad alimentaria.

Temas bien elegidos, por tanto, pero tratados superficial y sesgadamente, pues el programa en la práctica solo ofreció una versión, la de los activistas que hicieron sus denuncias a placer (en algún caso escondiendo su militancia bajo una denominación profesional) y encaminaron el programa hacia sus intereses.

Perfecto por ellos, pero el periodismo debe servir ante una cuestión polémica y delicada las versiones contrapuestas y suficiente información veraz como para que el ciudadano pueda tomar sus decisiones de una forma libre y lo más lejos posible de la manipulación o la desinformación. Aquí es donde tiene su razón de ser ese derecho fundamental consagrado en todas las constituciones democráticas que es el derecho a la información. Si nos ceñimos a esto, Salvados ofreció en Stranger Pigs poco periodismo.

Parece que las empresas citadas (Le Porc Gourmet, Cefusa y El Pozo) declinaron defenderse y defender al sector. También parece que las organizaciones Interporc y Anice escurrieron el bulto (probablemente nos dirán que no merece la pena exponerse en un programa manipulado y torticero). Todo esto, sin embargo, no es excusa para que un periodista se abstenga de defender el derecho a la información de los ciudadanos privándoles de una versión fundamental, como era, en este caso, la del sector porcino.

Periodismo y derecho a la información

No es creíble que entre las 90000 granjas que programa Salvados dice que hay en España, ninguna esté dispuesta a abrir sus puertas. Y tampoco lo es que ningún periodista especializado, profesor universitario, investigador o representante de cualquier otro grupo profesional de este ámbito esté dispuesto a hablar con Jordi Évole. Conozco a algunos que pagarían por salir en Salvados.

Stranger Pigs mostró estas imágenes. Quizá hubiera podido mostrar las de abajo si no se hubieran juntado el hambre y las ganas de comer.

Faltó voluntad de hacer un programa serio porque la tentación era muy fuerte: saltar una valla por la noche y descubrir las vergüenzas del prójimo es puro espectáculo y la televisión necesita mucha templanza para no sucumbir a la llamada del espectáculo.

Stranger Pigs basculó hacia el amarillismo, pero además cometió errores graves, como confundir un espacio dedicado a la reclusión de animales enfermos (una enfermería, un lazareto), con una granja de cría con destino al consumo humano. Es lo que pasa cuando uno trabaja con nocturnidad

Un mínimo de sentido común permite pensar a cualquiera que por muy perniciosa que sea la ganadería intensiva, no puede provocar una tasa de enfermedad y de malformaciones tan alta como la que se pudo ver en las cochiqueras que nos enseñó La Sexta. Lamentablemente, cuando confiamos en un medio, en un periodista, los receptores de noticias relajamos nuestro sentido crítico y consumimos toda la carne que nos ponen en el plato como si fuera de granja ecológica. “Claro que sí, lo ha contado el Parte”, decían nuestros abuelos para defender cualquier afirmación que hicieran basada en las noticias escuchadas.

La prensa es un poder democrático, el cuarto, el contrapoder, y cuando los poderes se dedican al activismo la democracia se resiente, porque el activismo no tiene ciertas obligaciones. La ONG Igualdad Animal, la mano que meció la cuna del último Salvados, hizo su trabajo, pero Jordi Évole no.

El domingo cientos de miles de personas empezaron a pensar que comen carne contaminada o en malas condiciones cuando se preparan un bocadillo de lomo. Muchas de ellas dejarán de hacerlo y eliminarán la del cerdo de su dieta. Esto no es ni malo ni bueno cuando la opción se toma sobre información fundada y veraz, pero si esta última falta o es deficiente, la decisión resultará probablemente equivocada y perjudicará gratuitamente a otros muchos miles de personas. También al conjunto de la sociedad, que pierde un ápice de su libertad.

¿En qué quedamos, es esto lo que hay detrás de la industria cárnica en España o no?

Algunos no entendemos, por tanto, el Stranger Pigs de Salvados. Por lo que vimos y por ese texto final que el propio programa exhibía: “Las imágenes grabadas en esta granja no presuponen que sean prácticas habituales del sector, de Cefusa o de El Pozo”. ¿Qué denunciaba entonces Salvados, que en Murcia hay una granja de cerdos penosa gestionada por unos señores que deberían estar fuera de la profesión?

Por cierto, quien firma estas líneas ha intentado hablar con Jordi Évole, pero la directora de comunicación de este le ha informado de que “en estos momentos Jordi Évole está grabando los programas de la temporada actual de Salvados y lamentablemente no podemos ofreceros la posibilidad de realizar la entrevista en los próximos meses”.

De las ganas de comer hablaremos en la próxima entrada.

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2 comentarios en “‘Stranger Pigs’, el hambre y las ganas de comer (I)”

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