Revuelta agraria (3): Agricultores

El tractor es mucho más que el símbolo de una profesión. Lo es también del progreso, de la libertad e incluso del poder, porque quien se coloca sobre el asiento hidráulico de un tractor se siente tan incoercible como quien lo hace sobre un trono. Ponerlo en marcha y despertar la manada de caballos alojada en su motor equivale a avisar a las tiranías seculares de lo que se les viene encima.

Luego, la realidad es otra, pero qué sería de nosotros sin esas alegorías que nos transportan a un mundo paralelo, por supuesto mejor, sobre el que sobrevuela nuestra mente mientras la vida nos estampa sobre el rostro y los huesos el paso del tiempo y las decepciones.

Algo así les ocurre a los agricultores que estos días han rasgado las rutinas matinales de Zaragoza y de otras capitales españolas para llevar a lomos de sus espectaculares máquinas el mensaje de su ruina en una paradoja en verdad sugestiva.

Como a tantos otros, la tractorada me pilló yendo al trabajo, sorteando con mi moto el espectáculo maravilloso, ordenado y generalmente educado de los hombres y mujeres que pilotaban esos aparatos cuyas ruedas podrían hacerte desaparecer de este mundo sin que nadie se diera cuenta.

Y como algunos otros, paré, hice mis fotos, intercambié algunas palabras con los protagonistas y me contaminé de su orgullo. Cualquier ciudadano que prestara una mínima atención al desfile hubo de sentirse minúsculo, pero no por el tamaño de la mecánica circundante, sino por la vaporada de amor propio y dignidad en que quedó envuelta la ciudad.

Hubo estrategia, sí; planificación, claro; tacticismo, por supuesto. Y también una intencionalidad evidente, cómo no. Pero se equivocan los estrategas y planificadores si creen que la tractorada fue una obra de diseño de algunas mentes preclaras.

A pesar de las proclamas, de los gritos y de las frases apresuradas escritas sobre cartones y sujetas con alambres en el morro de las monturas, los agricultores no fueron a las ciudades a reivindicar. Esa es la excusa, pero en estos casos les puede el corazón.

Les pueden las ganas de exhibir un amor propio que nunca han tenido o que nunca se han atrevido a airear porque alguien les convenció hace generaciones de que lo suyo no era una profesión, sino un castigo.

Les pueden las ganas de confrontar el envaramiento de quienes se fueron a la ciudad con el honor de haber permanecido en el pueblo, custodiando una herencia antigua de valor incalculable.

Les pueden las ganas de demostrar que, a pesar de lo errático de la política, de la codicia del comercio y de la insensibilidad de sus conciudadanos, siguen siendo los hombres y mujeres duros que pueden con todo y sobreviven a todo.

Y les puede la tentación comprensible de refrotarnos por la cara que a pesar de los pesares han conquistado progreso, libertad y poder y que la fuerza de sus máquinas podría hacernos correr a casa como conejos amedrentados.

Vinieron más de fiesta que de reivindicación, y dejaron un eco que el resto de los habitantes del mundo deberíamos detenernos a escuchar, aunque puede que ya sea tarde y hayamos asistido al canto de un cisne.

Si es así, seguiremos comiendo, que nadie se apure. Cada día peor, pero comeremos. Lo que ya no encontraremos nunca es la nobleza de la que solo ellos y algunos otros como ellos son depositarios y escuela. Una nobleza que, como el tempero, puede que no se aprecie en la superficie, pero aflora a poco que arañes.

Si es así, si la tractorada fue como el canto de un cisne, seguiremos comiendo, pero estaremos perdidos.

 

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