Palabra del territorio

Escribo esto mientras miles de habitantes de la #EspañaVaciada (y de las ciudades) se manifiestan en Madrid contra el olvido de los gobiernos, que no de los ciudadanos. Y matizo esto porque algunos plantean la reivindicación rural en términos de enfrentamiento con la ciudad.

Los llamados peyorativamente “urbanitas” no son el enemigo. En todo caso, su defecto es ir a lo suyo, como todo el mundo, por otra parte. Lo suyo, lógicamente, no es el pueblo del abuelo; es el colegio de los hijos, el atasco matinal, la falta de tiempo, la barra de pan gomoso…

Pero que se ocupen prioritariamente de sus cuitas no les convierte en enemigos. Y, por supuesto, tomarlos por enemigos es la mayor estupidez que se puede cometer desde el medio rural, porque el problema del olvido no se va a solucionar solo con la fuerza de los pueblos.

Los habitantes de las ciudades han de ser los aliados en esta lucha desigual, lo que requiere, en primer lugar, desterrar del vocabulario las acepciones negativas de las palabras “urbanita”, “neorrural” u otras de similar intención despreciativa.

No hace demasiado tiempo tuve ocasión de moderar un debate sobre las riadas del Ebro y sus efectos sobre la agricultura, las infraestructuras y la vida de los pueblos. En este, alguien anunció que se espera en un futuro no muy lejano una riada de tal calibre que afectará a unos 100 000 zaragozanos. Desde el público tronó una voz: “ojalá se auguen todos”.

Puede entenderse la rabia de quien ha perdido la cosecha después de varias noches sin dormir peleando contra una colosal fuerza de la naturaleza, de quien ha tenido que laminar la angustia de unos ancianos que quedan a merced de lo que los servicios de emergencia puedan hacer con ellos o de quienes durante mucho tiempo convivirán con la duda de si no será mejor abandonarlo todo.

Pero esa no es la actitud inteligente una vez superada la pesadilla. Un amigo me llevó una vez pasada esa misma riada a ver los destrozos: campos llenos de piedras, kilómetros de canalizaciones derribadas, infraestructuras de hormigón transportadas decenas de metros, parapetos improvisados en eternos días zozobra. Es fácil imaginar, cuando se ve todo eso, que en la crecida del agua se disolvieron también las lágrimas de miedo, rabia e impotencia que se debieron verter aquellos aciagos días.

La de mi amigo es la actitud inteligente. Solo hablando desde el territorio, enseñando el territorio, dando a probar el territorio, los habitantes de las ciudades entenderán la importancia del territorio. No hay enfrentarse a ellos, hay que excitar su empatía. Y esto es más fácil de lo que parece.

Hecho en los Pirineos

Lo hemos podido comprobar esta semana durante los cuatro días que hemos pasado viajando por las comarcas oscenses del Somontano y del Sobrarbe. Una quincena de periodistas de diversas procedencias hemos compartido la experiencia invitados por los organizadores del congreso Hecho en los Pirineos (la entrada sobre la primera edición, aquí).

Creo que no me equivoco si digo que en cuatro años no hubiéramos podido (o sabido) aprender lo que hemos aprendido en esos cuatro días. Porque una cosa es oír lo que te cuentan y otra muy distinta vivir lo que te cuentan. ¡Y vaya si hemos vivido!

Lo que llamamos orgullosamente “el territorio” se compone de mujeres que dejan sus carreras de funcionarias para hacerse cargo de las ovejas del padre que se jubila. Mujeres que después montan una quesería y con ella multiplican los puestos de trabajo iniciales.

También hay hombres que apuestan, cuando nadie les obliga y el resultado es incierto, por convertir su explotación de vacuno en una explotación ecológica y contribuir así a la sostenibilidad, no ya de su pueblo, que prácticamente lo es por naturaleza, sino del resto del planeta. Hombres que abren su propia carnicería y que no le hacen ascos al comercio electrónico.

Hay jóvenes que inventan cada pocos días una cerveza artesana distinta, con sus colores, sus sabores, sus matices. Jóvenes a los que la montaña o la soledad del invierno, lejos de asustarles, les estimula.

Emprendedores que convierten su viñedo plagado de grillos en el relato tras el que elaboran vinos selectos y ganan premios de diseño bajo el influjo inspirador de la luna.

Familias que incluyen los drones en la caja de herramientas imprescindible para su gestión agraria.

Madres que pasan la tarde preparando unas rosquillas para esos periodistas que van a ir a ver los cerdos que “el chico” cría en libertad en las sierras pirenaicas.

Jubilados que esperan pacientemente el autobús de asombrados viajeros ante los que hará una demostración de caza de trufa y exhibirá con orgullo de padre al joven cachorro de siete meses que ya hace gala de un olfato finísimo.

Veteranas elaboradoras de mermeladas, algunas tan inimaginables como los helados (de wasabi, por ejemplo) que otro montañés produce hasta “elarte”.

Hermanos que en vez de irse a la capital arrejuntan olivos propios y ajenos para dar vía libre a su imaginación elaiologa o elevar las variedades autóctonas al olimpo del aceite de oliva virgen extra.

Incluso foranos del otro lado de la muga que se instalan al pie de los pantanos y en corazón de sus vecinos hasta el punto de españolizar su nombre, cantar jotas con acento afrancesado y abrirse un hueco cada vez mayor en el complejo mundo de la producción de caviar; ¡sí, caviar del Pirineo!

Guisanderas y cocineros de nuevo cuño, al cabo, que con todo esto, con lo que simplemente tienen alrededor, preparan platos con historia, con relato, con amor y con sabor. Algunas grandes compañías pagarían millones a sus asesores de márquetin por conseguir algo así de articulado y así de eficaz.

Quienes hemos compartido estos cuatro días, con sus diálogos, sus degustaciones, sus paseos por el monte, sus cenas inacabables, las curvas de la carretera y los cielos estrellados no solo somos ya amigos de aquellos a los que hemos visitado, somos también más amigos entre nosotros. Hemos aprendido mucho y hemos crecido. Todo, gracias a la gente de la España vaciada con la que hemos convivido.

Es el territorio, amigos, que diría aquel.

Pues en el territorio está el origen, el viento bonancible de la canción, la fruta prohibida, el embrujo, la embriaguez de los sentidos, la sensualidad del paisaje… el soplo creador.

Vivir el mensaje

Ningún urbanita podrá resistirse a ello u olvidarse de ello si el propio territorio toma conciencia de su poder y alza la voz. No una voz lastimera ni agresora, como a veces ocurre, sino seductora y orgullosa de su mensaje.

El medio rural, sus paisajes y paisanajes, su arquitectura, su gastronomía, su forma de ver las cosas es un bálsamo para los habitantes de las ciudades. Cualquier fin de semana es la prueba; cualquier verano, la constatación de su influjo dulcificante.

El público está y está cautivo. Solo hay que dejar que fluya el mensaje, el auténtico, el que proviene de sabiduría y costumbres inveteradas y no de los profetas de la oportunidad o el cataclismo. El mensaje que emociona y que en las ciudades se remeda con torpeza porque falta lo imprescindible, la posibilidad de vivirlo.

Es el mensaje rural, la palabra del territorio. El que acabamos de respirar y saborear quienes nos hemos dejado conducir estos días por los que hacen los Pirineos. El único que puede tejer la red de empatía en la que han quedar atrapados los conciudadanos de las urbes, sin los que no será posible luchar contra el vaciamiento de los pueblos.

 

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