La UOC lanza un curso para acercar al pequeño agricultor ecológico al consumidor locávoro

No hace ni una semana que me encontré con unos locávoros. No sabía que existían. Es más, no sabía que yo era uno de ellos, quizá no tan militante, pero, como llaman en los partidos políticos a aquellos que les son cercanos, muy simpatizante. El término no viene en el diccionario de la RAE, lo cual es normal porque es muy nuevo y desconocido, y ya sabemos que la real academia ni crea ni destruye, simplemente, limpia, fija y da esplendor a lo que los hablantes decidimos adoptar como vehículo para entendernos.

Algunos dicen que la palabra la inventaron en 2005 en California para designar a aquellos que comen (preferentemente, porque a veces es complicado) productos locales. Así que un servidor, que todas las semanas le compra la verdura a un agricultor ecológico de al lado de Zaragoza, es un locávoro o anda cerca.

Y como Dios nos cría y nosotros nos juntamos, por eso la semana pasada coincidí con varios de estos seres en las jornadas sobre agricultura ecológica y de proximidad que organizó el aula de medio ambiente urbano La Calle Indiscreta para divulgar estas cosas de la ecología, el consumo responsable (y sabroso) y la protección del planeta.

La Calle Indiscreta

Las ventajas del locavorismo están muy bien explicadas en este enlace, así que no me voy a extender en ello. Sólo diré que es verdad mucho de lo que se cuenta sobre el consumo local y que es indudable su contribución a la sostenibilidad, aunque, como todas las ideas felices, su aplicación generalizada es, hoy por hoy, imposible; y como solución global a las cuestiones alimentarias, una utopía más.

Pero las utopías están para perseguirlas y para enriquecernos con lo que esta persecución nos aporta, así que vayamos a por ellas. Los locávoros no consumen exclusivamente alimentos y productos ecológicos, pero lo procuran. Y lo consiguen en buena medida porque algunos pioneros, no hace muchos años, creyeron en este tipo de cultivos, ganaderías y procesos. Se tuvieron que oír muchas cosas: que si eran unos ilusos, que si unos iluminados, que si unos antisistema, que si unos fracasados… pero ahí están, dando de comer cada día a más gente. Puede que no sea posible alimentar ecológicamente a todo el planeta, pero siguiendo esta utopía ya se ha conseguido hacerlo con unos cuantos millones de personas y se ha librado al medio ambiente de mucha porquería.

Precisamente el mes pasado el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (Magrama) hacía público el informe estadístico de la agricultura ecológica en España. Las cifras son suficientemente elocuentes: entre 1991 y 2011 el número de hectáreas cultivas ha pasado de algo más de 4.000 a cerca de dos millones; y el número de operadores, de 396 a 32.837. El informe tiene muchos y muy interesantes datos que nos dan una idea de hasta dónde ha llegado la locura de aquellos pioneros (Magrama Agricultura Ecológica 2011). Lamentablemente, España no tiene locávoros para tanta producción y esta tiene que buscar acomodo en mercados a veces muy lejanos, demasiado para las conciencias radicalmente ecologistas.

A la utopía ecológica se ha sumado ahora la utopía locávora, que no son lo mismo e incluso resultan en ocasiones, como hemos visto, incompatibles; pero que aparecen con frecuencia de la mano y se animan mutuamente, como en las citadas jornadas de La Calle Indiscreta o en el curso de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) que han provocado estas reflexiones. El curso, titulado Distribución y promoción de productos ecológicos,  pretende, entre otras cosas, aportar conocimiento y herramientas para que los pequeños agricultores puedan alcanzar con mayor facilidad a estos nuevos consumidores de lo próximo.

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