La esencia campesina de Vincent van Gogh

Cuando uno se encuentra con Sembrador a la puesta del sol o Campesinos durmiendo la siesta, dos conocidas y reconocidas obras de Vincent van Gogh (1853-1890) no puede evitar una sacudida desde la médula. No hace falta ser agricultor para sobrecogerse, una fuerza telúrica hace brotar la esencia campesina que todo ser humano lleva dentro como una señal genética y espiritual dormida pero indeleble.

Si se escarba un poco se encuentra. Y si se escarba en la figura del pintor holandés se encuentra una gran obra dedicada al agricultor, al campo  y a la naturaleza. Decenas y decenas de cuadros inspirados en la vida rural, retratos de campesinos, escenas de labradores, campos infinitos, flores diminutas. Pero no sólo eso, pues cada retrato lleva también la vida en su interior, más aún, la sustancia de la vida, lo que no se pinta pero queda en la pintura.

Van Gogh dominaba la técnica pictórica como un maestro y el lenguaje del alma como un sacerdote. Con ambos capturó el hálito de la vida y lo coloreó para siempre. La agricultura y el agricultor le dieron la oportunidad de hacerlo, porque en ellos encontró la expresión del sufrimiento y de la paz en una combinación aparentemente imposible pero verdaderamente natural. El equilibrio, nos dice en sus cuadros, está en la naturaleza, y la agricultura es uno de sus portales de entrada.

Bien es cierto que la afición de Vincent van Gogh a la pintura agrícola podría ser una obligada casualidad, pues el maestro pasó la mayor parte de su etapa productiva en el campo, primero en Holanda, su país natal, y después en Francia, donde moriría. ¿Qué otra cosa podría pintar, sino campos? Mas esta explicación es demasiado simple, pues una personalidad tan compleja como la de este artista no aconseja reducciones tan sencillas.

Al pensar en su obra, en el porqué de la misma, no pueden obviarse sus convicciones religiosas, su configuración ideológica, su enfermedad o incluso sus vicios. Todo aquello, en fin, que componía el sustrato de su atormentando espíritu, de su desconcertante comportamiento y de su incesante búsqueda del bienestar corporal, mental y espiritual.

Tampoco hay que desdeñar, cómo no, el subyugante atractivo del paisaje agrario y del alma campesina, redes en las que antes que van Gogh se vieron atrapados otros artistas y en las que han seguido y seguirán ovillándose tantos otros después de él.

El campo es un reto para el pintor holandés; para su técnica, por supuesto, pero sobre todo para su capacidad de aprehenderlo estética y espiritualmente. La mirada detenida sobre de sus telas revela una intencionalidad sobrehumana, como es la de concentrar en unas pinceladas magistrales tanta emoción como la naturaleza agraria es capaz de desatar cuando se percibe con ojos de artista y alma de sacerdote.

La profunda comunión que existe entre el agricultor y la tierra, ese secular entendimiento entre la naturaleza humana y la material, que se anudan en una dependencia mutua de ascendiente religioso, no lo perciben quienes sobrevuelan el hecho agrario desde las ciudades o los despachos, incluso desde el mismo campo, sino aquellos que buscan en sus raíces con el alma descubierta y dispuesta para ser colonizada por la fuerza dela tierra. Elpintor lo expresaba así: “Al aire libre, expuesto al viento, al sol, a la curiosidad de la gente, uno trabaja como puede, llena su tela de cualquier manera. Sin embargo, se atrapa lo verdadero y lo esencial. Lo más difícil es eso”.

Van Gogh, con su mirada profunda, sumergida en el efluvio de la tierra, el sol, las espigas o los olivos, atrapaba lo verdadero y lo esencial, por eso más de cien años después de impregnar con esa esencia la fragilidad de sus telas, éstas siguen conmoviendo con la fuerza y la frescura del primer momento, con la característica hondura campesina que, generación tras generación, continúa definiendo a la agricultura y a quienes trabajan en ella.

 

Entre rezos y  patatas. Nacido en 1853 en Zundert (Holanda), antes de convertirse en un genio dela pintura Vincent van Gogh trabaja, tras abandonar prematuramente sus estudios, como comerciante de arte, profesor y predicador. El primero de los oficios lo deja, a pesar de haber prendido en él la afición a la pintura y el dibujo, por una obsesiva vocación de servicio a los demás, especialmente a las clases más desfavorecidas. Inicia de este modo una etapa vinculada a la fe religiosa en la que predica, enseña y se desprende de todas sus posesiones materiales, que reparte entre los mineros del carbón con los que vive. Es tal su fanatismo que la propia iglesia holandesa lo repudia, a pesar de lo cual él continúa su labor evangelizadora.

Como no podía ser de otra manera, sus dos vocaciones terminan por confluir y el artista comienza a albergar la esperanza de cambiar el mundo, de ayudar a los demás, a través dela pintura. Cree firmemente que las grandes obras artísticas conducen a Dios y comienza a formarse como pintor. Más tarde su fe se iría diluyendo, aunque no la espiritualidad de sus pinturas.

Vincent tiene 27 años cuando abraza la que será su dedicación definitiva. Las primeras obras son fruto del aprendizaje holandés, pero el grueso de su vida artística discurrirá en Francia, a donde llegará incitado por un cúmulo de circunstancias y donde conocerá las últimas tendencias artísticas y adoptará la línea colorista y brillante de los impresionistas.

Antes de eso, van Gogh, claramente influido por los ambientes paupérimos en los que ha vivido junto a mineros y campesinos, por sus ideas socialistas y su orientación religiosa, se dedica a representar trabajadores e intentar devolverles, con la pintura, la dignidad que la degradación imperante les arrebata. El pintor se siente uno de ellos, un miembro más del proletariado cuyo trabajo, como así era efectivamente, apenas le sirve para el sustento. De hecho, ya desde que se hiciera predicador y hasta el día de su muerte iba a depender de su hermano Theo, que puntualmente le mandaba su paga y las telas y pinturas que le iba solicitando.

De esta primera época se conservan más de cuarenta pinturas con cabezas de campesinos. Obras oscuras, con un fondo sombrío en el que destaca el rostro herido por el esfuerzo y el sufrimiento. Agricultores que destilan melancolía y que miran al frente con resignada aceptación; una mirada por la que a veces  se escapa un soplo mendicante y en la que, otras, se intuye una fuerza interior sobrecogedora.

La dura realidad se impone, asimismo, en las escenas de trabajo, donde los agricultores aparecen retratados en atmósferas opresoras, sufrientes, casi siempre encorvados, cargados, entregados a la rudeza de la vida que les ha tocado en suerte. Prácticamente todo es penuria, y en ella, como en un barro denso y profundo, los labradores han hundido sus raíces sin posibilidad de echarlas en otro lugar. Para qué, entonces, levantar la cabeza, si apenas hay luz en el horizonte.

Y aunque el descanso existe y la hora de comer llega, éste, a los ojos del artista, tampoco es un momento para alharacas. Los comedores de patatas es una especie de reunión de cabezas de campesinos en torno a una mesa con patatas y malta. El ambiente sigue siendo lóbrego y sólo la luz que ilumina los rostros acompaña en optimismo al momento redentor dela alimentación. Van Gogh, en una de las cartas que escribe a su hermano dice: “he puesto mi mayor empeño en que, al contemplar el cuadro, se piense que esta gente bajo la lámpara, que come sus patatas metiendo las manos en el plato, ha trabajado también con esas manos la tierra; mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado con toda honestidad”.

Honestidad y patatas, éstas parecen ser las dos gracias principales de los trabajadores de la tierra, a los que el pintor, en su ingenuo idealismo, quería parecerse. Y patatas, como símbolo del trabajo rudo y la penuria existencial, las hay en su obra. Patatas que se siembran, patatas que se entrecavan, patatas que se recogen, es decir, patatas que dan al campesino sus formas doblegadas. Y patatas en cestos y otras naturalezas muertas. El alimento más pobre, trabajado de la forma más sacrificada, como único sustento de los menesterosos.

 

Poco amor y mucho color. Pese a la carga espiritual e ideológica de su obra, los que le quieren indican a Vincent, incluso a riesgo de perder la amistad, que su técnica es insuficiente y que puede dar más de sí. Ello, unido a sus ganas de aprender y su necesidad de huir, le abre las puertas de Amberes, primero, y París, después.

El pintor ya había fracasado como hijo, como enamorado y como cabeza de familia. La relación con su padre nunca había sido buena y van Gogh se ausentaba y volvía a la casa paterna sin conseguir nunca engranar en ella. Algo lógico si se tiene en cuenta que la vida libre de prejuicios que seguía el artista era difícil de casar con la pauta recatada y conservadora de su progenitor, a la sazón pastor calvinista.

Al parecer, un fracaso amoroso marcó el final de su primer trabajo como marchante y de sus relaciones naturales con las mujeres. Otro de sus amores frustrados fue una prima viuda y con un hijo que hicieron soñar al artista con la posibilidad de tener su propia familia (algo que también le obsesionaba) aunque ello supuso, cómo no, poner en guardia a la que ya tenía.

Tampoco terminó mucho mejor su noviazgo con una prostituta embarazada y madre de una hija (otro sueño familiar) con la que acabó ante la imposibilidad de alimentarlos a todos con su trabajo. Posteriormente, una admiradora se envenenó (a causa de los recelos que su familia mostraba hacia Vincent)  antes de salir a pasear con él, de tal suerte que el veneno hizo efecto cuando se encontraba en pleno paseo; no murió, pero el pueblo donde vivía no se lo perdonó al pintor, como tampoco el hecho de que, más adelante, una de sus modelos apareciera un buen día embarazada. Ahí se terminó cualquier acto de buena voluntad que la comunidad pudiera tener con él.

Así que el fallido comerciante de arte, el fracasado predicador, el padre de familia imposible y el enfermo, pues los expertos determinarían años después que van Gogh era presa de algún tipo de epilepsia o trastorno bipolar, lo que explicaría su personalidad abrupta, de ciclos cambiantes y de difícil encaje social; así Vincent, el pintor llamado a morir prácticamente en la indigencia, sin poder imaginar las grandes cantidades de dinero que décadas después se moverían en torno a su obra; así el hermano mantenido de Theo van Gogh giró la vista hacia Paris, con parada previa en Amberes, donde se consolidaría su asombroso dominio sobre la paleta y el pincel.

En la gran capital pasa dos años aprendiendo, ensayando, abriéndose al mundo de la pintura de su tiempo. Conoce el impresionismo y sus colores se aclaran. La luz entra en el universo pictórico de Vincent al mismo tiempo que la agricultura pierde peso en sus composiciones, aunque esto sólo será momentáneamente.

Como a muchos otros artistas de la época, la necesidad de luz y color hizo que París se le quedara pequeña. Necesitaba ampliar su gama cromática, que todavía no había eclosionado en su totalidad, y quería más luz, los destellos fulgurosos del mediterráneo, la viva policromía del sur, de la que tanto le habían hablado.

Se traslada, pues, a Arlés, al campo; y el campo le ofrece, ahora sí, lo mejor de sí  mismo: árboles en flor, girasoles, viñedos, trigales, huertos con olivos… El pintor alterna crisis de salud con prolíficas sesiones de pintura. Las alterna y las mezcla, estableciendo un diálogo entre la enfermedad y el trabajo que le acompañará hasta el final de sus días.

Van Gogh sigue creyéndose, a su manera, un agricultor. Trabaja de sol a sol, como éstos, y siente que trabajar le cura: “mi triste enfermedad me hace trabajar con un furor sordo, muy lentamente, pero desde la mañana a la tarde sin aflojar”, afirma. Pero el campo es también, o quizá más, una terapia espiritual, un consuelo, un regazo en el que se refugia y donde encuentra seguridad y sosiego. A su hermano Theo le dice que la naturaleza es para él lo que espera que para éste sea la familia, un lugar para consolarse y rehacerse cuando haya necesidad.

La agricultura variada, luminosa, florida y colorista de esta época no tiene nada que ver con el van Gogh de Holanda. O sí, porque la espiritualidad sigue presente, el aura mística de sus composiciones con campesinos, esa necesidad redentora, la solidaridad que le impele a devolverles, con la brocha, la dignidad que la dureza del trabajo parece arrebatarles. Ahora aparecen erguidos, trabajando sobre tierra florida, preñada de colores, vivificante; con un horizonte luminoso, a veces con un sol radiante que más que llamar al sofoco invita a mecerse en la creación divina que es el campo. El agricultor, aquí, ya no es el protagonista, sino un elemento más del equilibrio interior que persigue y que sólo la naturaleza puede ofrecerle.

Vincent hace del campo una patria a la que pretende llevarse a sus amigos. Alquila una casa, La casa amarilla, y espera que acudan allí para formar una comunidad de artistas. Pero van Gogh no está dotado para las relaciones sociales, celebra mucho que Gauguin se decida finalmente a acompañarle, pero acaba discutiendo con él, amenazándole con una navaja y cortándose con ella un trozo de oreja como desahogo a su remordimiento.

La patria, sin embargo, sigue dándole motivos de alegría. Girasoles, por ejemplo, que acaban siendo su seña de identidad más notoria; viñas que en ocasiones echa en falta y cuya aparición celebra con desbordada alegría: “¡Si el domingo hubiéras estado con nostros! -le escribe a Theo- …hemos visto una viña roja, toda roja como el vino rojo. En la lejanía se volvía amarilla”; árboles en flor que le permiten imitar las xilografías japonesas y que en su rebeldía florecen mientras está enfermo, para mortificarle, después, cuando los pétalos han caído, con la oportunidad perdida; trigales que vislumbra desde la ventana cuando está recluido en el sanatorio de Saint Rémy y con los que experimenta estudios diversos; aldeanos que en su soledad se configuran como la única compañía: “…las únicas personas a las que veo son campesinos, con los que tengo trato porque los pinto”.

El campo no agota sus recursos para conmover y sobrecoger al artista. Al contrario, se los brinda infinitos, de vez en cuando en una agobiante explosión que no puede ser domeñada. El propio Vincent explica que “hay momentos en que la naturaleza es soberbia: efectos de otoño de un color glorioso, cielos verdes que contrastan con vegetaciones amarillas, anaranjadas; terrenos de tonos violetas; la hierba quemada donde las lluvias, no obstante, dieron un último vigor a ciertas plantas, que se ponen a producir nuevamente pequeñas flores violetas, rosadas, azules, amarillas. Cosas que uno se pone melancólico al no poder reproducir”.

En esta sensación de impotencia tienen también mucho que ver los olivos, a los que considera finos y distinguidos: “el murmullo de un vergel de olivos tiene algo de muy íntimo, de inmensamente viejo. Es demasiado bello para que yo me atreva a pintarlo o pueda concebirlo”, afirma en una ocasión. Pero no se resigna a dejar escapar esa belleza y la pinta abundantemente intentando hacer de los olivos algo tan suyo como los girasoles: “…lucho por atraparlos. Son color plata, ya más azul, ya verde, bronceado, blanquecino sobre terreno amarillo, rosa, violáceo o anaranjado, hasta el ocre rojo apagado. Pero muy difícil, muy difícil […] quizás un día haré una impresión personal, como lo son los girasoles para los amarillos”.

 

Se apaga la luz. Tras su estancia en la clínica, donde también realiza abundantes copias de faenas y escenas agrícolas que siempre le habían impresionado (Campesinos durmiendo la siesta), van Gogh realiza una visita a su familia y después se instala cerca de París, en Auvers-sur-Oise, donde ha contactado con un médico aficionado a la pintura que le cuidará en adelante.

Setenta días le separan de su adiós definitivo, setenta días en los que pinta ochenta cuadros, algunos de ellos de los más celebrados de toda su obra. Un frenesí artístico con el que probablemente pretendía escapar de la erosión creciente de su salud, de un final que quizás veía cercano y que pudo llevarle a pintar, un mes antes de morir, una de sus mejores composiciones, Campo de trigo con cuervos volando.

A ese mismo trigal, según cuentan, acudió con una pistola para dispararse el tiro en el pecho que le provocó la muerte tras dos días de agonía en brazos de su hermano. El 29 de julio de 1890 desapareció, después de diez años de enfermedad, tormento, penurias e incomprensión uno de los más grandes pintores de campesinos. Sólo había vendido unos pocos cuadros, aunque sabía que algún día la gente habría de reconocer que “valen más que el dinero que costaron los colores para pintarlos”.

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