El cooperativismo de crédito en su encrucijada

Dicen las malas lenguas que el gobierno de la nación esta ahora muy ocupado con las cajas de ahorros, pero que cuando termine con ellas no se olvidará de las cajas rurales, que, por la dimensión de sus guarismos, en estos momentos son un problema menor. Lo dicen las malas lenguas como amenazando, como recordando aquello de “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”, para que el cooperativismo de crédito se vaya preparando.

La verdad es que si nadie le ha hecho ascos a la liquidación de las cajas de ahorros, porque de eso se trata lo que está pasando en el sistema financiero español, no es exagerado pensar que quizá alguien esté pensando de verdad en liquidar a las cooperativas de crédito. Podría ser. Lo uno y lo otro (si ocurre) será una pena, ya que de golpe y porrazo desaparecería de España lo que hasta ahora venía siendo una banca social consolidada y de importante repercusión para el conjunto de los ciudadanos. Especialmente los del medio rural, que es donde las cajas de ahorros y las cajas rurales en especial han prestado sus contribuciones más importantes. A los bancos nunca les ha interesado mucho el medio rural.

El tradicional logotipo de las cajas rurales.

Es ahora, entonces, cuando las cooperativas de crédito deben preparar su estrategia defensiva (u ofensiva). Tienen argumentos y circunstancias a su favor. No son un bocado tan importante como las otras, quizá no resulten tan interesantes para los grandes peces. Y cuentan con una estructura federal consolidada, a pesar de sus frecuentes dudas y zozobras, sobre la que se puede seguir construyendo un gran proyecto cooperativo.

El poder federal. En mi doble condición de informador y comunicador he tenido la ocasión de trabajar en el ámbito de las cajas rurales en varias ocasiones. En todas la experiencia ha sido altamente satisfactoria. Por el trabajo que en cada caso he tenido que desarrollar, por supuesto, pero también por el aprendizaje realizado. El cooperativismo de crédito es un gran desconocido en nuestro país, pues incluso quienes conocen la marca Caja Rural ignoran en muchas ocasiones que detrás hay un colectivo, un grupo social animado por los viejos (y nuevos) principios de la cooperación.

El valor que tiene para el sistema financiero de un país el hecho de que al menos una parte del mismo funcione de esta manera es inmenso. Y corremos el riesgo de empezar a comprenderlo, como tantas otras cosas, cuando lo hayamos perdido. Aunque no me enamoran los gigantismos, no negaré la utilidad de que tanto en el sector financiero como en otros haya grandes entidades, pero existen dos formas de constituirlas: las fórmulas de fusión y absorción, sobradamente conocidas, y la constitución de estructuras federativas, culturalmente menos familiares en nuestro país.

La principal diferencia entre ambas es que la primera, a medida que crece, va eliminando las construcciones anteriores y, en consecuencia, sus signos de identidad. La estrategia de las federaciones busca, precisamente, lo contrario: crecer y constituir grupos grandes, pero manteniendo las pequeñas entidades originales, su identidad y, por lo tanto, su estrecha vinculación a ámbitos que sin ellas quedarían en la marginalidad más absoluta.

En los dos casos se puede llegar a dimensiones de gran calado (la banca holandesa, la japonesa o la francesa lo han demostrado en el ámbito de la federación), pero sólo en el segundo se puede mantener el servicio a la más pequeña escala.

Ahora que las cajas de ahorros están en vías de desaparición y que todo apunta a que van a dejar a importantes áreas rurales y agrícolas sin servicios financieros, sociales y culturales, las cajas rurales y cooperativas de crédito vuelven a ver reforzado su tradicional papel en estos ámbitos. Solo ellas van a estar en condiciones de atender a una población cada vez más abandonada y que no va a encontrar la solución en la banca electrónica.

El cooperativismo de crédito debería hacer más pedagogía al respecto y encontrar la forma de que la sociedad entienda que, precisamente desde un punto de vista social, es la banca más rentable y, ya, la única que está en manos de los ciudadanos.

 

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