Algunas verdades sobre las ‘fake news’

Parece que todo el mundo anda revolucionado y preocupado por las ahora llamadas fake news, anglicismo reciente gracias al cual puede parecernos que el problema es nuevo. Aunque no es así, nuestra lengua tiene términos para estas mentiras informativas que nos indican claramente que el fenómeno ya era bastante conocido.

Lo nuevo, quizá, es que se haya puesto el foco en ellas, que se hayan constituido en las arpías del siglo XXI, esos seres de agradable apariencia que roban o emponzoñan lo que hemos de llevarnos a la boca; en este caso, al intelecto.

Todo el mundo habla de ellas, todo el mundo las señala con el dedo acusador, pero ¿todo el mundo las combate? La pregunta es retórica, evidentemente.

En Periodismo Agroalimentario también pensamos a menudo en ellas y estas son nuestras reflexiones. Algunas, verdades como puños, otras… no son mentira:

1 Las fake news, aunque lo parezca, no son algo nuevo. Palabras como bulo o paparrucha ya nos advierten desde antiguo sobre este tipo de mentiras. Y desde antiguo conocemos sus letales efectos, pues fue una de estas fake news la que llevó a Sócrates hasta la cicuta. Otra estuvo tras la guerra entre España y EE. UU., de tan nefastas consecuencias para la vieja piel de toro. Y otra muy gorda provocó la también gorda y reciente crisis de los pepinos. Así que no nos caigamos del guindo, queridos. Aquí hay mucha gente colocando sus bulos desde hace mucho tiempo y con mucha intensidad.

2 Las redes sociales no son las culpables. Es cierto, Whatsapp transmite más paparruchas por segundo de las que todas las emisoras de radio podrían soñar (si fuera el caso). Y ya sabemos lo que está pasando con Facebook, que además de no saber (por decirlo suavemente) custodiar como es debido nuestros datos personales, tampoco sabe (seguimos en modo soft) cómo dejar de ser un arma de contaminación masiva a la orden de gobiernos e intereses pérfidos de todo tipo y condición.

Pero no es menos cierto que la culpa no la tiene la herramienta, sino los que la manejan. La energía nuclear tiene usos lícitos… y asesinos; las redes sociales, también, más o menos.

Lo que ocurre es que las redes sociales son tecnológicamente veloces y precisas y pronto estará todo el mundo en ellas. Para entender lo que esto quiere decir, probablemente haya que desempolvar y actualizar viejas teorías de la comunicación, como aquellas que hablaban de la bala mágica o la aguja epidérmica. Teorías, por cierto, relativas a los efectos que los medios de comunicación estaban provocando en la sociedad. Lo dicho, nada es nuevo.

3 Ya no hay periodismo. Es una generalización y, como tal, injusta con una parte del periodismo, pero, entendámonos, las generalizaciones también tienen su utilidad, como la de señalar, por ejemplo, que algo está en las últimas… aunque no perdido. La guerra hispano-norteamericana aludida anteriormente fue consecuencia de una manipulación periodística de la opinión pública, su versión moderna más conocida fue otra noticia falsa: la referente a las armas de destrucción masiva que condujo a la invasión de Irak en 2003.

Si solo fuera eso, con ser gravísimos, estaríamos hablando de episodios puntuales. Pero los bulos, paparruchas y mentiras de todo tipo han colonizado como una mala hierba los medios de comunicación. El próximo lunes saldrá a la venta un libro, El director, que, según ya se va contando, deja al descubierto la cloaca que es el periodismo de hoy en día. Igual es mucho decir, ya veremos, pero a poco que se encienda la televisión, la sensación de lodazal sí que es inevitable.

Sumemos a las mentiras más o menos deliberadas, a la intencionalidad culpable y a la fabricación voluntaria de una realidad alternativa, los múltiples y naturales errores que provocan las redacciones mal dotadas, el nuevo trabajo multimedia, la desaparición de veteranos (cobraban mucho y había que aligerar las cargas), los contratos basura y la pléyade de buenos profesionales desviados al periodismo burro-taxi para que el márquetin de contenidos sea, vaya por Dios, de calidad. Así está el panorama.

4 La pérdida del monopolio. Como consecuencia de lo anterior, aunque no solo por eso, uno de los viejos sueños del periodismo, la universalidad, alcanzar a todo el mundo (o tener la posibilidad de hacerlo) ha llegado y ha pillado a los periodistas con el pie cambiado.

Los periódicos, aunque no inicialmente, es cierto, fueron de los periodistas, la radio fue de los periodistas, la televisión fue de los periodistas, pero, ay, internet, las redes sociales, no son ni probablemente serán de los periodistas, el monopolio de la información se ha perdido. ¿Para siempre? Probablemente sí.

Y da la sensación de que tanto artículo periodístico sobre los bulos, tanto señalamiento hacia las redes sociales, tanta defensa acrítica del periodismo como garante de la democracia (a ver qué dice El Director), es más una pataleta que otra cosa. Por otro lado, puede que no sirva de mucho ponerse a limpiar la casa ajena sin mirar antes la propia, aunque ya se sabe que periodista no come periodista, ese código de ¿honor? que impide contar noticias malas de los colegas.

5 Pobre democracia. Efectivamente, el periodismo, el cuarto poder, el contrapoder, tiene una función protectora, profiláctica, con respecto a la democracia. Cuando se comprobó que la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) no era efectiva del todo, porque el poder, por muy separado que esté, tiende a establecer connivencias discutibles, la sociedad descubrió que podía poner a vigilar a los periodistas y seguir viviendo tranquila.

Al periodismo se le bautizó por ello como Cuarto Poder. Y claro, si es un poder… ¿será también proclive a las connivencias, o qué? Así que la espiral de desconfianza de los ciudadanos, si se contuvo en algún momento gracias al buen periodismo, ha vuelto crecer. Si sigue así, amigos, la democracia está en peligro, en muy grave peligro. Y este es el problema más serio que tenemos en el momento actual. Ni los toros ni la caza ni la homofobia ni el machismo ni los animalistas ni los feministas ni los ecologistas ni los veganos ni la PAC o el sabor de los tomates son nuestro problema más acuciante.

fake news

6 El problema más grave. El problema que hay que abordar con más urgencia son las mentiras y nuestra indefensión ante ellas. Pero que el periodismo no nos defienda o no lo haga suficientemente, incluso que el periodismo forme parte del sistema de realidad alternativa que se está levantando, no hace que los ciudadanos tengan que defenderse solos.

Las redes sociales pueden favorecer la percepción de que cada individuo, unido a otro y a otro y a otro más, es un bloque compacto capaz de parar a los malvados o de asestar golpes demoledores contra ellos. Y aunque eventualmente sea así, tenemos que ser conscientes de que nunca los poderosos han estado más cerca de otro viejo sueño: tener a todo el mundo en un rebaño (o varios) de fácil pastoreo. Por lo tanto, las redes sociales, en sí mismas, no son la solución, no son el nuevo garante de la libertad y la democracia, por muy libres que nos sintamos tuiteando pensamientos o paparruchas.

7 Cada uno en su guerra y todos en la común. Estamos de acuerdo en la gravedad de las mentiras, en la necesidad de luchar contra los bulos, faltaría más. De hecho, hacemos ostentación de esta noble actitud constantemente. En textos escritos, en declaraciones de todo tipo. Hasta organizamos jornadas y congresos sobre las fake news. Estos días, tras la gran iniciativa de Maldito Bulo, incluso están surgiendo webs sectoriales, especializadas en materias concretas, que establecen parapetos particulares frente a la desinformación

No está mal, pero advirtamos, al menos, un par de cosas. La primera: que esos escudos no caigan en la tentación de combatir desinformación con desinformación, algo que en el ámbito político ya es pan de cada día. La segunda: no olvidemos que el problema es muy grave y la lucha nos incumbe a todos; defendamos nuestro corral, por supuesto, pero no nos olvidemos de echarle un ojo al del vecino. Y, sobre todo, no contribuyamos a propalar bulos o paparruchas sobre cuestiones que, como no nos afectan, nos hacen bajar la guardia.

8 Más periodismo, por supuesto. Puede que el periodismo no atraviese su mejor momento, pero del mismo modo que no nos ponemos en manos de chamanes cuando la medicina no nos da la solución que nos gustaría, no podemos prescindir de los periodistas.

Si el gran problema es la desinformación, el combate lo deben dirigir especialistas en información, y nadie más especializado que quienes la estudian, la analizan y la trabajan directamente y a diario.

Decir que el periodismo es imprescindible puede parecer un lugar común o un argumento autodefensivo del gremio, pero más allá de lo que la profesión esté haciendo consigo misma, las funciones del periodista en un mundo saturado de información son más necesarias que nunca. Analizar, contextualizar, desentrañar la verdad y explicar la realidad al resto de las personas no es algo que solo puedan hacer los periodistas, también los profesores universitarios, por ejemplo, pero sí es algo que los periodistas hacen mejor que nadie cuando la información debe fluir con ritmo, con el ritmo que la sociedad demanda y al que no parece dispuesta a renunciar.

9 A recuperar valores. Es mucho lo que se ha dicho sobre la pérdida de valores del conjunto de la ciudadanía e incluso sobre el rechazo deliberado de algunos de esos valores (posverdad). No falta razón. Lo malo es que tras la denuncia no hay una intención sanadora, sino la triste constatación de un fracaso colectivo. Cuando oímos que todo es mentira, algo cotidiano, indirectamente se nos está invitando a mentir, no a combatir las falsedades.

Sin embargo, es el momento de hacerlo, de premiar a los honestos y de castigar a los manipuladores y difamadores. Hay que quemar el infundio y la patraña en la plaza pública, venga de donde venga y caiga quien caiga. El periodismo tendrá que dar el primer paso (mirando primero debajo de sus alfombras) y una vez rehabilitado retomar su clásica persecución de la objetividad y de la verdad, a la que no hay que renunciar por muy inalcanzables que parezcan. Hará falta bizarría. Mucha.

10 No es cuestión de romper el espejo. En definitiva, si algo están haciendo las redes sociales no es fabricar y divulgar mentiras, eso ya veníamos practicándolo desde hace mucho tiempo. Lo que hacen es ponernos un espejo en el que solo se ve o en gran medida se ve el sistema mentiroso que entre todos hemos construido. Da igual para qué; para ganar votos, para vender más, para mejorar el currículo, para quedar por encima del vecino… Como nada era verdad, no estábamos obligados a decir la verdad, y menos aún a subirnos a lomos de Rocinante para defenderla. Por eso el mundo se asienta en buena medida sobre bulos, paparruchas y estrategias de manipulación individual o colectiva que no solo los poderosos propalan, y las redes sociales lo reflejan en el gran espejo que han levantado. La solución no es romperlo. La solución es ensillar a Rocinante.

Por cierto, si todo el mundo está en contra de las fake news, ¿cómo se explica que cundan tanto?

 

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