A la competitividad por la cooperación

He de confesar que nunca me ha gustado demasiado la palabra competitividad. Entiendo que quienes la utilizan lo hacen casi siempre con la mejor intención y que en general encierra promesas de progreso en positivo, pero en su nombre se han justificado posiciones de dudosa moralidad y se han llevado a cabo algunas de las acciones que hoy nos están pasando esta enorme factura de la crisis. La competitividad ha sido para algunos un grito de guerra en virtud del cual se han provocado bastantes ‘daños colaterales’, por seguir el eufemismo militar.

Algo similar me ocurre con productividad, ese vocablo que también puede estar acompañado de muy buenas intenciones pero gracias al cual nos estamos asomando a algunos de los abismos que nos rodean. Antes que por productividad, me gusta apostar por otro término en el que aprecio más resonancias amables: sostenibilidad; en cualquier caso, admito que ambos pueden (y deben) ser compatiblesY frente a la señalada competitividad siempre me ha gustado recomendar cooperación, pues no es lo mismo ser competitivo por la vía de la cooperación que serlo, por ejemplo, por la de la competición, aunque esta sea asimismo legítima y tenga elementos saludables.

Con estas elucubraciones llevo un tiempo, pues las recetas que a diario nos llegan desde las alturas pasan siempre, y casi exclusivamente, por aumentar la productividad y la competitividad, lo que es entendible desde el punto de vista económico pero genera ciertas dudas desde otras perspectivas más sociales.

Y en estas elucubraciones estaba cuando el Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Aragón, Navarra y País Vasco convocó su tercer congreso nacional sobre desarrollo rural bajo el siguiente epígrafe: Cooperar para competir. El evento ya está cerrado, se celebró en Zaragoza dentro de la última edición de la Feria Internacional de Maquinaria Agrícola (Fima), pero cabe recordar en unas líneas cuáles han sido sus áreas temáticas y recomendar una visita a las ponencias y conclusiones, que las hubo numerosas e interesantes y acaban de ser publicadas. Interesantes por quiénes eran algunos de los ponentes, pero también, y esto no hay que perderlo de vista, porque es el sector agroalimentario uno de los que más lecciones puede dar sobre cooperación.

Cooperación para mejorar la competitividad de los territorios rurales, para lograr una cadena alimentaria más eficiente y justa, para prosperar en el mercado alimentario global; cooperación entre grandes multinacionales, pequeñas empresas y explotaciones locales; cooperación para resolver conflictos y lograr el uso eficiente del agua en entornos de aridez; y cooperación para que la investigación se convierta en innovación.

Seamos, pues, productivos y competitivos, pero cooperando. Ojalá que esta línea de reflexión abierta por los ingenieros agrónomos no se cierre y contribuya a llevarnos por caminos más serenos que los que hasta ahora hemos llevado.

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